Crear un hábitat

Sobre la traducción como espacio.

Llamar “traducción”, en un sentido literario, al acto de pasar las palabras de un idioma a otro, es simplemente un error. Traducir no es transportar un contenido de un recipiente a otro, como quien pasa agua de una jarra a un vaso sin que el agua se entere del cambio. Es ya una declaración de principios sobre qué es una lengua, qué es un texto, y qué clase de encuentro se produce cuando ambos se ven obligados a hablarse.

El acto de traducir está profundamente asociado al espíritu: aquello del texto original que no se deja capturar del todo pero tampoco desaparece al cruzar de lengua; una presencia que insiste, que vuelve bajo otra forma, que nos exige fidelidad sin decirnos nunca del todo en qué consiste esa fidelidad. Al mismo tiempo, también es seguir un ritmo, un pulso sonoro de una frase, reconociendo lo que se escucha antes de entenderse, lo que el oído entiende como propio de un texto incluso cuando el significado todavía se resiste. Traducir, entonces, nombra a la vez una fidelidad a un espíritu que no es propiedad de nadie y una fidelidad al oído, a la música que una lengua nueva debe encontrar para que ese espíritu tenga, otra vez, un cuerpo donde vivir. Ese doble sentido no es casual: es el corazón de todo lo que sigue.

Walter Benjamin, en La tarea del traductor, propone una idea que sigue siendo incómoda un siglo después: que traducir no consiste, principalmente, en comunicar el sentido de un texto a un nuevo lector. Eso, dice, reduciría la traducción a mera información, y la información es precisamente lo que un texto literario nunca agota. Benjamin habla en cambio de una reine Sprache, una lengua pura o idealizada, completamente platónica, hacia la que apuntan de manera fragmentaria todas las lenguas particulares. Cada traducción sería un intento de reacomodar esa pieza del puzzle, como los pedazos de una vasija que deben encajar en sus contornos sin ser jamás idénticos entre sí. Habla también de la Fortleben, la resistencia del original, en referencia a que la obra no termina en su lengua de origen, sino que continúa viviendo, transformándose, en cada traducción que se atreve a hacerle sitio.

Hay algo en esto que conviene subrayar: para Benjamin, el original no es propietario de su sentido. Lo que el traductor toma o recibe no es un contenido cerrado que deba conservarse intacto, sino una tarea abierta, una deuda que se paga siempre de manera distinta y siempre de manera incompleta.

Por otro lado, Umberto Eco, mucho más pragmático, aterriza esa idea en la práctica concreta del oficio. En Decir casi lo mismo describe la traducción como una negociación: entre el autor, el texto, la cultura de origen, la cultura de destino y el propio traductor, que se sienta a esa mesa sin plenos poderes. La equivalencia total,asegura Eco, es imposible; de ahí el título, ese casi logro que no es resignación sino metodología. La pregunta que un traductor debe hacerse en cada frase no es “¿qué dice esto literalmente?”, sino “¿qué efectos y sensaciones produce esto, y qué elección, en la lengua de llegada, produce un efecto comparable?”. Se pierde algo siempre. También se gana algo,para bien o para mal. El trabajo consiste en saber, frase a frase, qué se está dispuesto a perder.

Y finalmente, conviene mencionar a Laura Esther Wolfson, que no ofrece una teoría sino un testimonio. Sus ensayos sobre la vida como traductora e intérprete entre el ruso, el francés y el inglés, entre organismos internacionales y vidas privadas, no sistematizan nada; registran, en cambio, lo que cuesta habitar permanentemente el umbral entre dos lenguas, con todas esas pérdidas que no se nombran en ningún manual, con la identidad que se parte y se rehace cada vez que se cruza de un idioma a otro. Si Benjamin piensa la traducción desde la metafísica y Eco desde la negociación, Wolfson la piensa desde el cuerpo y desde el tiempo vivido de quien traduce.

El oído como tercer interlocutor

A Benjamin y a Eco, sin embargo, les falta un elemento que Wolfson intuye pero no desarrolla del todo: el ritmo. Toda lengua tiene una respiración propia, una manera de acentuar, de detenerse, de encadenar sílabas largas y breves; esa respiración es tan constitutiva del sentido como el vocabulario, aunque casi nunca se discuta con la misma seriedad. Una frase no solo dice algo, sino que suena de una manera particular, y esa sonoridad es parte de lo que el texto original le pide al traductor, aunque se lo pida sin palabras.

El texto original, de esta manera, le respira en la nuca al traductor, haciéndole  sentir la exigencia de su ritmo, de su cadencia, sin que este/a pueda reproducirla con exactitud en una lengua que tiene otro compás, otras sílabas tónicas, otra respiración e incluso otro sentido de vida dentro de sí. Traducir el ritmo no es copiarlo; es responder a una mirada que no podemos devolver en igualdad de condiciones. Incluso en la mejor de las traducciones, el ritmo del texto de llegada nunca coincidirá de manera perfecta con el ritmo del texto de partida, y sin embargo ambos tiempos se superponen, se contaminan, se rozan. Un endecasílabo en español no es un pentámetro yámbico en inglés, y ninguna traducción honesta finge que lo sea; pero el lector de la traducción, si el trabajo está bien hecho, siente pasar por debajo del texto un pulso que reconoce como emparentado con el original, aunque no sea el mismo pulso. Esa es, quizás, la forma más concreta en que el espíritu benjaminiano sobrevive: no en el significado trasladado, sino en el ritmo que insiste, transformado, en la lengua nueva. Aby Warburg, probablemente, tendría mucho para decir al respecto.

Con esto dicho, y a partir de estas tres voces, podemos entender que la traducción no traslada un contenido de una lengua a otra, sino que establece un diálogo entre el espíritu del texto original y de la lengua en que ese espíritu nació, y la lengua a la que se traduce, un diálogo que solo se completa cuando encuentra, además de las palabras justas, el ritmo y la sonoridad capaces de hacerlo audible.

En la buena traducción podemos reconocer al espíritu que resuena. Ningún texto se traduce en el vacío. Traducir es, siempre, responder a algo que insiste desde la lengua de origen: una imagen, un tono, una obsesión formal, una manera de callar tanto como de decir, y también a un contexto de traducción particular. Ese espíritu no pertenece al traductor ni al autor, al menos no del todo. Esto es lo que la Fortleben de Benjamin describe como resistencia o sobrevida, lo que sigue vivo y en movimiento incluso después de que el texto original se dio por terminado. La pregunta que importa no es si ese espíritu puede capturarse por completo, porque nunca se puede, sino cómo se le hace sitio en una lengua que tiene su propia historia, su propia memoria y su propio oído.

Entonces, la meta ideal de la lengua de traducción es un umbral, no un punto exacto. Si el espíritu del original resuena en la traducción, la lengua a la que se traduce no puede entenderse como un contenedor pasivo que simplemente recibe un significado ya hecho. Es, más bien, un umbral (o un espectro, si queremos ser insistentes); el lugar donde ese espíritu se negocia frase por frase, como propone Eco, y donde puede o no encontrar una cadencia propia que le permita seguir respirando. Esto tiene una consecuencia concreta para el trabajo de traducir, porque no se trata de imponer el ritmo de la lengua original sobre la lengua de llegada, ni de borrar toda huella del original en nombre de una fluidez artificial, sino de habitar ese umbral con atención, dejando que ambas lenguas se transformen un poco en el encuentro.

Así, el ritmo termina por ser una promesa para el oído. Toda traducción, implícitamente, se compromete a que el lector de la lengua nueva podrá sentir algo parecido a lo que sintió el lector de la lengua original. Esa promesa nunca se cumple del todo, pero lo que se cumple no es por accidente. Cuando se cumple, lo hace desde el trabajo minucioso sobre el sonido, en la elección de una palabra no solo por su significado sino por su peso silábico, en la construcción de una frase que respira como respiraba la frase original aunque use otro aire. El ritmo es donde el diálogo entre las dos lenguas deja de ser abstracto y se vuelve, literalmente, audible.

Traducir, en la práctica

Estas ideas, como suele suceder, solo tienen sentido si se expresan en un modo concreto de trabajar. Esto implica, al menos, leer el espíritu antes que las palabras. Antes de decidir cómo verter una frase, hace falta entender qué hace esa frase dentro de su propia lengua: qué tradición retoma, qué tono sostiene, qué le debe a la sonoridad del idioma en que fue escrita. Traducir bien empieza por escuchar con atención lo que todavía no se ha traducido.

También requiere de negociar sin resignación. Cada pérdida, cada “casi”, merece ser una decisión consciente y no un accidente. Elegir qué se sacrifica y qué se conserva en cada frase es el verdadero trabajo del traductor, y ese trabajo se hace mejor cuando se nombra en lugar de disimularse. Finalmente, también requiere no abandonar nunca el oído. Leer y traducir en voz alta. Un texto traducido que dice todo lo que el original decía pero que suena de manera ajena a su propio idioma no ha completado el diálogo, solo ha transmitido información, esa palabra de la que tanto desconfiaba Benjamin. La sonoridad de la lengua de llegada no es un adorno posterior a la traducción; es parte de lo que se está traduciendo.

Quizás la imagen más honesta para cerrar este texto sea esta que traducir no es hacer hablar al original en una lengua ajena, ni tampoco silenciarlo en nombre de la fluidez. Es sentarse entre dos lenguas, escuchar lo que cada una le exige a la otra sin poder ver del todo su rostro, y encontrar, frase por frase, el punto donde el espíritu de una y el oído de la otra pueden por fin encontrarse. La traducción no promete devolvernos el original intacto, pero promete, en cambio, hacerle un sitio nuevo donde seguir vivo.

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