El manuscrito

como espejo de su autor/a

Hay algo que de lo que me he dado cuenta quizás tarde, casi por accidente, revisando escritos viejos: uno no escribe lo que piensa, escribe cómo mira. Son cosas distintas, aunque durante años las confundí. Pensaba, con la seguridad militante de quien recién empieza a escribir en serio, que cada debía ser una especie de confesión; que si un personaje decía algo cruel, había en mí una crueldad esperando salir a la superficie. Con el tiempo entendí que no, que puedo escribir tanto bondades como barbaridades que jamás han estado ni estarán en mí. Lo que sí queda expuesto, irremediablemente, es la manera en que uno entiende el mundo: qué cosas le parecen posibles, qué gestos le resultan verosímiles en una persona, qué silencios reconoce como propios de la tristeza y cuáles como propios del rencor.

Un manuscrito no es un espejo en el sentido literal, el que devuelve la cara tal cual es. Es más bien como esos espejos convexos de las tiendas antiguas, los que deforman un poco la luz que reciben para poder abarcar más espacio en la imagen proyectada. Deforman, pero deforman según una lógica, y esa lógica es enteramente nuestra. Cuando escribo, por ejemplo, sobre Madrid, sobre esta ciudad que no es la mía, pero de la que poco a poco me apropio, no estoy describiendo Madrid: estoy describiendo lo que mis ojos migrantes decidieron que era importante mirar. Otros ven otra ciudad en las mismas calles.

Roberto Bolaño, el ídolo insufrible, insistía en que sus libros no eran autobiográficos aunque estuvieran llenos de poetas errantes, de exilios, de bares a media luz que él conoció. Aunque se reconozca a Arturo Belano como una versión de él mismo. No mentía al decir eso, supongo. Bolaño no estaba confesando su vida línea por línea; estaba mostrando, una y otra vez, cómo entendía él la amistad entre hombres derrotados, cómo entendía la dignidad y el patetismo de los que fracasan sin dejar de intentarlo. Eso, esa comprensión, es lo que no se puede esconder por más que uno invente tramas ajenas a la propia biografía. El disfraz de la ficción cubre los hechos, pero no cubre la mirada.

Algo parecido me pasa cuando pienso en Annie Ernaux, tan distinta a Bolaño en casi todo salvo en esto: ella sí escribe directamente sobre su vida, sobre su cuerpo, su clase social, sus vergüenzas, y sin embargo lo que más se nota, leyéndola, no es el dato biográfico sino el modo en que decide observarlo. Ernaux podría haber contado su historia con lástima de sí misma, o con la distancia fría de quien diseca un caso clínico. Eligió otra cosa: una precisión casi quirúrgica que no juzga, que registra. Esa elección es lo que realmente nos dice quién es ella, y lo que hace que sus libros sean todo lo buenos que son. Ahí está su visión de mundo, no en el inventario de lo vivido.

Y esto es, me parece, lo que de verdad importa cuando hablamos del manuscrito como espejo: no que el texto delate lo que el autor piensa en privado, sus opiniones, sus secretos, sino que delate cómo el autor entiende, incluso cómo entiende aquello con lo que no está de acuerdo. Se nota, en un texto, si quien escribe es capaz de imaginarse de verdad dentro de una vida distinta a la suya, o si sólo puede imitar esa vida desde afuera, con condescendencia. Se nota si alguien escribe sobre la fe con curiosidad genuina o con la sorna de quien nunca se detuvo a pensar por qué otros creen. Ninguna de esas dos posturas es una confesión de las creencias propias del autor. Pero ambas son, sin duda, un retrato de su manera de estar en el mundo.

A veces, cuando reviso algo que escribí hace un tiempo, algún poema o uno de los múltiples borradores de cuentos/novelas por ser abandonados, me sorprende reconocer un periodo de mí ahí, no en lo que dije, sino en lo que decidí dejar sin decir. En los personajes que traté con más ternura de la que merecían sus actos. Situaciones donde bajé la voz sin darme cuenta. Uno cree que escribe historias y en realidad está dejando un mapa de sus propias inclinaciones: hacia dónde se le va la compasión, dónde se le seca.

Por eso desconfío un poco de la idea, tan repetida, de que «el autor no es sus personajes». Es cierto, literalmente. Pero es una verdad que a veces se usa para esconder algo más incómodo: que aunque el autor no sea sus personajes, tampoco es invisible en ellos. Ahí sigue, no como confesión, sino como visión. Como el modo particular, irrepetible, formado por una vida entera de lecturas, pérdidas, ciudades habitadas y afectos, en que decidió que valía la pena mirar ese fragmento de mundo, y no otro, y mirarlo así, y no de otra forma.

Escribir, entonces, no es desnudarse. Es algo más parecido a dejar, sin querer, las huellas de los propios pasos sobre un suelo que se creía neutral. Uno no elige dejarlas, pero si como caminar. Simplemente camina, y el suelo, el manuscrito, se encarga de guardar la forma exacta de esos pasos.

Deja una respuesta